Hace poco una amiga terminó con su romance de oficina, por llamarlo de alguna manera. Esto no tendría nada de particular en la vida de una treintañera de no ser por la reacción de ella:
Renunció al trabajo, volvió a la casa de sus papás, planeó mil formas de cagarse en la vida de él y ahora asiste a consultas con un psiquiatra y toma antipsicóticos.
Mi amiga expuso su despecho en redes sociales, donde recibió el apoyo de muchas mujeres que en tono de profundo odio se referían a sus demoniacos ex, al tiempo que manifestaban su solidaridad y daban rienda suelta a su resentimiento hacia sus respectivas exparejas hijueputas.
También se manifestaban a favor de la noble víctima, que había caído en las garras de un depredador y torpemente intentaba reponerse de sus heridas.
Ante mis ojos encontré la unanimidad frente al tema: los ex son unos hijueputas.
Difiero. Aunque también tengo algún ex del que no recuerdo mayor cosa por intrascendente y algún otro que no fue precisamente un príncipe, no entiendo qué hace que se termine odiando a un tipo con el que coqueteaste, te reíste, lloraste, disfrutaste momentos a su lado, tuviste intimidad e incluso conociste a su familia y él a la tuya.
Tengo buenos recuerdos de mis ex. Del que salió de debajo de la falda de su mamá y casi termina bajo la mía, pero afortunadamente me puso cachos y terminé cancelando un matrimonio que seguramente hubiera sido medianamente feliz y medianamente aburrido. Del que me conquistó al primer DM y hasta del que me terminó quitando el "en una relación" de Facebook para hacerme saber, ante mi asombro, que habíamos terminado. También del que después de muchos años de ser conocidos lejanos un día me miró y le brillaron los ojos y se quedó conmigo un año en el que poco a poco se fue apagando ese brillo.
En general, fueron buenos tipos con quienes compartí buenos y malos momentos, y hacen parte de la historia que me hace ser esta mujer aún en construcción pero menos desbaratada que ayer.
Parece ser que el chip del odio al ex me hizo falta en mi configuración de fábrica, o me abandonó hace tanto tiempo ya que no recuerdo haberlo tenido.
Valga la pena aclarar que sí hay depredadores, no desconozco que existan. Pero la mayoría de las veces se trata de un sencillo "no le gustas lo suficiente, no es el momento u otra le gusta más".
Y no nos hagamos las pendejas, que eso también nos ha pasado a nosotras y no nos vuelve depredadoras. Dejamos al tipo bueno plantado por irnos por otro lo suficientemente malo pero más afín a nosotras como para movernos el piso y las patas de la cama.