Ya no te veré salir al balcón de Miraflores.
Camisa roja, brazos en alto, sonrisa ancha,
sonrisa de Boca de Uchire a estos palotes
en la Quebrada de las Rosas. Juro que le juré
a más de uno que te iba a volver a ver
en tu balcón de Miraflores. No es un reproche.
En la noche de este día en que juntaste
tus últimos milagros y decidiste
cruzar las puertas de lo imperecedero
pensé que me volvía más huérfano,
más pobre. Pero ni modo. Vaya muerte la tuya.
Ni quieto, ni muerto, ni humo. Moriste
para sumar tu vida al gran corazón
del hombre que seremos. Yo también me sumo.
Has sido el huracán, el terremoto, un hombre vivo,
fuerte, libre, hermoso. Yo te amo.
Ahora, descansa de nosotros y perdona,
perdónanos, perdóname la falta de fe y de locura
para estar a la altura de tu frente y tu quijada.
Prometo afilar mejor la puntería de mis nudillos,
prometo ser más certero en mis próximas estocadas.
Y cuando se vengan a pique las altas catedrales
esperarlas rodillas en tierra como de vos aprendimos.
- prometo seguir contándole tus milagros a la Andrea -
Todo lo incendiaste, Comandante, con tu vida
y cuando no hubo más fuego hiciste de la noche luz,
todo lo encendiste. Llevo en lo que soy
la más hermosa fe que me inculcaste:
¡ nunca descarto usar las balas que me diste !
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