
Murió de 97 años, no recuerdo exactamente que día, ni creo que sea necesario o importante recordarlo.
Recuerdo en cambio sus ojos gigantes detrás de sus lentes con incontables dioptrías, su cabello descolorido con canas amarillentas, sus manos huesudas y venosas, su color de piel morena oscura.
Recuerdo sus historias acerca de la familia,
contadas desde su punto de mujer sola, viviendo sus últimos días con alegría y nostalgia.
contadas desde su punto de mujer sola, viviendo sus últimos días con alegría y nostalgia.
Ella que nos habló del maestro Blas, (en la imagen que me hacía de él, tenía siempre camisa blanca, chaquetilla roja y su violín era a veces rojo, a veces verde, otras amarillo).
Nos dibujó el recuerdo de Delia, haciéndolo de alguna forma más palpable que en las fotos antiguas y descoloridas.
Nos habló de su novio torero y sus varios abortos, de su precipitada muerte en el baño en horas del atardecer, de su tranquilidad ante el mundo, su ternura y paciencia para peinar las larguisimas y gruesas trenzas de nuestra madre.
Nos habló de su novio torero y sus varios abortos, de su precipitada muerte en el baño en horas del atardecer, de su tranquilidad ante el mundo, su ternura y paciencia para peinar las larguisimas y gruesas trenzas de nuestra madre.
Ella, la tía soltera,
la que crió sus sobrinos como si fueran sus propios hijos.
la que crió sus sobrinos como si fueran sus propios hijos.
La que fue más abuela que nuestra abuela, la alcahueta, la de los consejos y los regaños.
La que lavaba los uniformes diariamente con un esmero inigualable y en esa tarea enfermó y terminó por unos días postrada en cama, sufriendo la inactividad y la frustración de no poder realizar sus labores.
Ella, que nos advertía los cuidados que había que tener frente al mundo y nos enseñó a confiar y desconfiar en la medida apenas razonable.
Ella, que terminó sus días,
rodeada nietos prestados y compartidos , pero no por eso menos suyos.
Ella, que terminó sus días,
rodeada nietos prestados y compartidos , pero no por eso menos suyos.
Murió sin que casi lo notáramos, con sus ojos cerrados y su respiración tranquila, mientras yo preparaba el café de la mañana y hablaba por teléfono.
Mi madre salió a comprar nuevas sábanas blancas.








