Topacio era pobre, pueblerina y ciega.
Él, no me acuerdo el nombre, digamos Víctor Luis (tengo pereza de buscarlo), rico y criado en la ciudad.
Se enamoran, son dizque felices temporalmente, ella queda embarazada y por algún problema tonto se separan y el tipo se va con otra, la prima creo.
Topacio conoce a, digamos Iván Adolfo. Él es oftalmólogo, la opera y ella ve, le cría al hijo, se enamora de ella , un tipo normal, con defectos y virtudes, que intenta hacerlo bien , que la quieres y la respeta.
En la novela, al final ella queda con Víctor Luis.
No sólo eso.
El público espera que vuelva con él, ese es el final feliz.
Y se apela al amor.
El amor como ese demonio que se apodera de ti, como un sentimiento del que no te puedes defender, estás poseído y de malas como la piraña mueca, te toco aguantarte.
Adiós tú, primero Víctor Luis, de malas por los Iván Adolfo del paseo.
Ese es parte fundamental del problema, estoy convencida de eso.
Muchos de los sufrimientos que las mujeres latinoamericanas dependen de las novelas venezolanas.
Creo que mientras se críen niñas viendo esas novelas, seguiremos igual de mal.
Tal vez se ha avanzado un poco en la educación de los hombres y entonces ya hay mujeres con mejor elección de la pareja.
Más por mérito de ellos que de nosotras.
Aún se cree en el amor demonio.
Entre más novelas hayas visto, la fuerza del demonio es mayor, menor tu instinto de protección disponible.
Cada día estoy más convencida que el amor es una decisión.
Uno decide amar.
Buscas alguien con ciertas características y cuando crees encontrarlo, depositas tu fe en eso y lo cultivas.
Yo deposito mi fé en que mi instinto funcione y decir no a los predadores
en detectar a los Víctor Luis
Y enamorarme de un Iván al menos.